Lo que Armstrong llevaba en el pecho
La historia de cómo Hasselblad y Kodak conquistaron la Luna

El 12 de abril de 1961, cuando Yuri Gagarin orbitó la Tierra a bordo del Vostok 1, no llevaba una cámara colgada al cuello como un turista espacial. Pero la Unión Soviética sí había entendido algo fundamental: sin imágenes no había relato. En misiones posteriores del programa Vostok y Voskhod, los cosmonautas utilizaron cámaras Zenit 3M, fabricadas por KMZ, una réflex de 35 mm robusta y mecánica, derivada de los diseños soviéticos basados en montura M39. Aquellas fotografías no buscaban estética; documentaban ventanillas, paneles y la curvatura terrestre con un objetivo técnico y político muy claro.
Mientras tanto, en Houston, la NASA probaba soluciones propias. Durante el programa Mercury, los astronautas utilizaron cámaras modificadas de 35 mm. Una de las que terminaría volando en etapas posteriores sería la Nikon F, que ya se había ganado fama en conflictos bélicos y redacciones por su fiabilidad. Pero el negativo de 24×36 mm tenía una limitación evidente: cuando ampliabas la imagen para estudiar detalles del terreno o estructuras, la información empezaba a quedarse corta.

El punto de inflexión llegó por iniciativa personal. En 1962, Walter Schirra compró una Hasselblad 500 C en una tienda de Houston y la llevó a la NASA para probarla en vuelo. La cámara, diseñada en Suecia por Victor Hasselblad, utilizaba película 120 y producía negativos de 6×6 cm. No era un capricho europeo: ese tamaño implicaba casi tres veces más superficie sensible que el 35 mm. Más superficie significaba más detalle, más margen de ampliación y, sobre todo, más datos.
La NASA desmontó la cámara casi por completo. Eliminó el revestimiento de cuero para reducir peso y evitar materiales inflamables. Sustituyó el visor por uno más simple. Agrandó los mandos para poder operarlos con guantes presurizados. Y mantuvo algo esencial: las ópticas Carl Zeiss, como el Biogon 60mm f/5.6, elegido por su mínima distorsión y su cobertura perfecta del formato cuadrado.

Cuando el 20 de julio de 1969 el módulo Eagle se posó en la superficie lunar durante la misión Apollo 11, Neil Armstrong y Buzz Aldrin llevaban una versión evolucionada: la Hasselblad 500 EL Data Camera (HDC). Era motorizada y llevaba una placa Réseau, una retícula grabada en el cristal que permitía medir distancias con precisión científica en cada fotograma. Las imágenes no eran simples recuerdos: eran documentos técnicos.
La película tampoco era cualquiera. Kodak desarrolló emulsiones específicas para el programa Apolo, como la Kodak Ektachrome MS SO-368 en color y la Kodak Plus-X 2405 en blanco y negro. Estas películas debían resistir radiación, temperaturas extremas y mantener estabilidad dimensional para permitir mediciones exactas. Cada rollo expuesto regresaba a la Tierra como material científico de alto valor.

Existe un detalle poco contado: las cámaras que vemos en las fotografías históricas no volvieron todas. Para reducir peso y poder traer más muestras, los astronautas dejaron varios cuerpos Hasselblad sobre la superficie. Se llevaron los chasis con la película, pero los cuerpos —sin óptica en algunos casos— permanecen allí desde 1969. No fue un olvido romántico, sino una decisión de ingeniería ya que cada kilo contaba.

En paralelo, la Unión Soviética también desarrollaba sistemas fotográficos avanzados para sus sondas Luna y para estaciones como Salyut, utilizando película que posteriormente era escaneada o transmitida electrónicamente. La carrera espacial no fue solo un duelo de banderas; fue una competición tecnológica en óptica, emulsiones y sistemas de registro de imagen en condiciones extremas.